Primera etapa
Aún recuerdo el sonido de los árboles que se movían al ritmo del viento. Recuerdo mis pies descalzos sintiendo la tierra y las pequeñas gotas de agua que caían desatando el precioso olor a tierra mojada. Me iba a lo más lejos y profundo de mi casa, entre los árboles, entre los animales. Mis perros venían atrás mío, siempre tan fieles y cariñosos y lo único que yo pensaba era que no necesitaba a nadie de aquella casa, ya que tenía todo lo que me reconfortaba allí conmigo. Tenía 7 años. Estaba triste? Sí. Estaba molesta? No mucho. A mi corta edad no podía entender por qué lo material era tan importante como para que mi hermana mayor hiciera tanto escándalo por algo simple que tomé de ella. Era pequeña y no sabía porque nadie pensaba de la manera que lo hacía yo o por qué nadie me podía entender. Es por ello que apreciaba mis momentos de soledad, echada en el prado de mi casa, sintiendo la luz de la luna en mi rostro. Pero aquel día, aquel día, no podía disfrutar de nada. Absolutamente nada. Estaba muy triste y me puse a llorar sola, bajo la oscuridad de la noche, lejos de mi familia, tan sola. Lloré y lloré, recordé lo mal que me habían tratado en el colegio mis compañeros. Lloré tanto que mis perros se echaron a mi costado, bajaron la cabeza y me lamieron. En una casa de siete personas me sentía tan sola. El ulular de un búho me hizo reaccionar. Habían pasado ya un par de horas y nadie me había salido a buscar. Tomé aire, respiré profundamente, me quité las lágrimas, esperé un momento hasta calmarme y emprendí mi vuelta a casa. Crucé las plantaciones de alfalfa y maíz con mis perros y cuando ya estaba llegando a la puerta trasera de mi casa, vi a mi otra hermana sentada esperándome. Cuando la vi allí sentada, casi vuelvo a llorar. Dónde estabas?-preguntó-quise ir al fondo después de que saliste pero como ya no te vi y no estaban los perros me dio miedo ir al fondo-agregó. Cuánto la quería, de todos, ella era siempre la que más se preocupaba por mi, la que siempre demostraba su amor y la que me hacía sentir segura. Su cara de miedo causo risas en mí, ella siempre me hacía sentirme mejor. Era mi hermana, era mi mejor amiga. Entramos y nos dirigimos a nuestro cuarto. Mi hermana mayor ya estaba durmiendo. Nos echamos en nuestra cama dispuestas a dormir. Mi hermana, como siempre, se quedó dormida a los diez minutos. Yo demoré más ya que aún me sentía intranquila por los acontecimientos del día, pero poco a poco me rendí ante el sueño.
Estaba caminando entre una plantación de maíz como la que había en casa, caminé hasta llegar al centro donde había un cabaña de madera, solo era el piso de madera y el techo de paja. Me sorprendió mucho ver a un niño sentado en el medio del piso, jugando solo. Él volteó, me miró y sonrió, vino corriendo hacia mí y me dijo -no estés triste, ven conmigo-. Su sola presencia me hizo sentir especial, feliz, alegre, me hizo olvidar todo lo que pasó ese día. Me sentó en el centro de la cabaña, sus ojos me miraban. Soy especial?-pensé.
Me llamo Diego-casi gritó-no estés triste, vamos a jugar-añadió. Yo sabía que el también estaba solo, por alguna extraña razón los dos estábamos en el mismo sueño. Sin ninguna duda fui a jugar con él. Corrimos, saltamos, reímos, por el tiempo que dura un sueño.
Desperté lentamente, mi hermana estaba a mi lado aún durmiendo. Desperté del mejor humor preguntándome quién era Diego, era real o era solo un sueño. Lo volveré a ver? Era lo que mi alma más deseaba. Lastimosamente, nunca más lo volví a ver en mis sueños de niña, pero siempre me acompañó en el corazón.



